Las personas estamos destinadas a vivir en sociedad y para poder convivir es indispensable que exista un común denominador. Ese común denominador es la ética, que es facultad exclusiva del ser humano para decidir entre el bien y el mal.

Según Aristóteles, la ética es la cualidad propia y exclusiva del acto humano, pues “el hombre (ser humano) tiene esto de especial entre todos los animales: que sólo él percibe el bien y el mal, lo justo y lo injusto y todos los sentimientos del mismo orden cuya asociación constituye precisamente la familia y el Estado.”

El bien y el mal no es equivalente a lo “conveniente o inconveniente”. Así, es probable que debamos decidir hacer el bien aun cuando esa decisión importe para nosotros una lesión o una desventaja.

Pero la ética tiene un sustrato todavía más concreto que es la “dignidad”, esa facultad que tiene la persona de ser “señor de sus propios actos”, al decir de Kant. La dignidad de la persona es la base de la actual “Declaración Universal de los Derechos Humanos”.

De este modo, la dignidad consiste en la facultad que tiene la persona de ser la dueña de sus actos. Esto implica necesariamente la condición de ser libre, sólo quien es libre puede ser señor y dueño de sí mismo.

Ahora bien, para ser libre y señor de sus actos se debe fortalecer la virtud, o sea, la búsqueda del bien, pues de otro modo la persona quedaría sometida a sus pasiones y dejaría de ser libre, contradiciendo su dignidad. Hablando precisamente de esta cualidad, Aristóteles aclara que “sin la virtud (el ser humano) es el ser más perverso y más feroz, porque sólo tiene los arrebatos brutales del amor y del hambre.”

Ese señorío, esa libertad, se ejerce incluso frente a situaciones extremas que procuren determinar nuestros actos. En ese sentido, el Dr. Viktor Frankl, quien fue sometido personalmente a los más tormentosos vejámenes durante su encierro en el campo de concentración de Auschwitz durante la II Guerra Mundial, en su libro “El Hombre en Busca de Sentido”, afirma: “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino.”

Afirma el Dr. Frankl, apoyado por su propia experiencia, que “aun cuando condiciones tales como la falta de sueño, la alimentación insuficiente y las diversas tensiones mentales pueden llevar a creer que los reclusos se veían obligados a reaccionar de cierto modo, en un análisis último se hace patente que el tipo de persona en que se convertía un prisionero era el resultado de una decisión íntima y no únicamente producto de la influencia del campo.”

La decisión ética no depende entonces de la tecnología ni de la ciencia, depende de otra condición más íntima y sublime: nuestra libertad interna, que es una cualidad exclusiva del ser humano para decidir entre un acto bueno o malo.

Precisamente por eso, todos los actos humanos, incluso la ciencia y la tecnología, deben estar orientados por la ética, porque precisamente ésta les dará la condición de actos humanos.

No fue la ciencia ni la técnica la que llevó al mundo a emitir la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” o a reconocer la dignidad de la persona o declarar la vida humana como inviolable. La ciencia y la técnica muchas veces han dicho lo contrario.